Así te relacionas con tus padres, así te relacionaste con Dios

Esto que te escribo está basado en mi conocimiento y práctica de UCDM, así como en mi experiencia trabajando con la infancia de las/os emprendedoras/es a los que acompaño con sus proyectos y empresas.

La relación que has tenido como hija/o de tus padres, es una réplica de cómo nos relacionamos como mente uno fuera del espacio-tiempo cuando le pedimos a Dios experimentar vivir separadamente de Él. Dios no nos pudo conceder nuestro infantil deseo y nos enfadamos con Él, nos revelamos y decidimos dormir para experimentar, como sea, la separación. Luego nos sentimos culpables y pensamos que nos querría castigar, e intentamos escondernos creando un universo dividido en infinidad de mentes (aparentemente) separadas.

Si te das cuenta, con tus padres pasó lo mismo en tu infancia, le pediste cosas que no te podían dar, les pedías quizá más atención de la que podían darte, más comprensión, más afecto, etc, etc, y no solo en un plano afectivo, también en un plano material, dinero para comprar esto u lo otro, o quizá les pediste permiso para llegar más tarde a casa o para estudiar o trabajar quizá en algo que a tus padres no les agradaba en absoluto. La reacción en tu infancia fue la misma con tus padres que con Dios, te enfadaste mucho «mi madre nunca me dio el afecto y la comprensión que necesitaba», «todavía recuerdo que cuando mi padre me prohibió salir de casa»… y esto seguramente hizo que te alejaras física y/o emocionalmente de tus padres.

Hablé hace algún tiempo con una emprendedora que me decía «me parece bien que mis padres se vayan lejos, me entran ganas de enviarlos a freír espárragos, al fin y al cabo, nunca estuvieron cuando los necesité». Otro emprendedor me decía «mis padres lo hacen todo fatal» (es decir, no hacen lo que yo necesito que hagan) para posteriormente añadir que «había tomado la decisión de no volver a dirigirles la palabra nunca más». Y todo esto mientras que, a su vez, se sienten culpables, en un nivel muy inconsciente, por cómo están tratando a sus propios padres. Ya te puedes imaginar cómo se manifiesta todo esto en tu día a día en el mundo ilusorio.

En muchas ocasiones, esa mala relación se minimiza mucho con la ayuda del ego: «ya me lo trabajé», «yo creo que ya no les guardo rencor», «eso pasó hace mucho tiempo, yo creo que ya no les odio por eso». Lo sorprendente es que dices esto, pero luego te encuentras con otra figura paternal (de autoridad) en tu vida (un jefe, una pareja, un entrenador, un terapeuta…) y esos sentimientos que supuestamente estaba superados reaparecen con toda su crudeza sin que tengas consciencia de que son cosas que no tienes solucionadas con tus padres (ni con Dios). Es por esto por lo que Jesús te insiste en que hagas ese escrutinio minucioso y honesto en tu mente en busca de cualquier resquicio de intento de culpabilizar a tus padres.

Jesús nos dice claramente que, sea cual sea, a nivel de la forma, la relación que tengamos con nuestros padres, siempre podemos elegir ahora perdonar cualquier cosa que pareciera que ocurrió en tu infancia. Elige soltarlo ahora y liberarte a ti y a tus padres, para siempre.

Luego está la otra cara de la moneda. Cuando eres tu quién eres ese padre/madre o eres la figura de autoridad en un trabajo, equipo, etc. En este caso, el sentimiento de culpa aparece siempre que crees que no has tratado todo lo bien que deberías a tus hijas/os o a las personas que están a tu cargo. «¿me habré pasado de autoritario, he sido justo?». En el caso de niños pequeños, es muy importante que actuemos siempre muy bien asesorados por el Espíritu Santo, pues esto es todo lo que se te pide. Una vez los hijos son adultos y una vez tu actúas bajo la dirección de Jesús, es responsabilidad de tus hijos o empleados ser responsables de cómo se sienten y elegir no culpabilizarte a ti de cómo se sienten ellos.

Nos ponemos en manos del Gran Espíritu.

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